Tribus de Etiopía: Los Hamer







 

 
20-01-2.010

 


Pag. nº 2

Lo más característico es su peinado de finas trenzas untadas con una mezcla de polvo ocre y agua o manteca de vaca, pasta con la que también se maquillan. Curiosamente, este aspecto es común a otras mujeres de tribus muy lejanas como las Himba de Namibia, lo que hace pensar que tienen un origen nilótico común.
 

 

Nikon D700
Focal: 40 mm.
Diaf.: f 1:7,1
 
     

El atuendo consiste en una falda y un peto de piel de cabra decorados con filas de conchas marinas que obtienen en los mercados mediante trueque con otras tribus que las traen desde las costas del Índico. Más modernamente han ampliado su vestuario con la camiseta, que liada hacia arriba les sirve de sujetador.

 

 

Nikon D700
Focal: 44 mm.
Diaf.: f 1:9
 
     

Como los Masai de Kenya, tanto a ellas como ellos les encanta embellecerse con cuentas de plástico de vivos colores y se perforan los lóbulos de las orejas para colgarse cualquier cosa que les llame la atención.
 
Botones, plumas, correas metálicas de viejos relojes, etiquetas..., todo puede ser favorecedor si se lleva con estilo, incluso unas llaves, un uso muy imaginativo ya que ellos no saben para qué sirven, no tienen cerraduras.
 
 

    

                         Nikon D700  |  56 mm.  |  f 1:4,5                                                  Canon 5D  |  200 mm.  |  f 1:6,3
 

Canon 5D  |  135 mm.  |  f 1:8



La mujer Hamer es muy presumida y luce numerosos brazaletes y pulseras en brazos y piernas.
 
Muchas de ellas llevan un collar de hierro con una prominencia delante: es el símbolo de las primeras esposas. La mujer casada tiene un rango social superior a la soltera, y además, si es la primera esposa disfruta de más derechos y ostenta su autoridad sobre el resto de esposas de su marido.

 

 

Canon 5D
Focal: 142 mm.
Diaf.: f 1:3,2
 
     

Otra de las costumbres que usan para embellecer sus cuerpos es la escarificación, una técnica muy dolorosa pero practicada y apreciada tanto por los hombres como por ellas.

Como en la mayoría de culturas del continente, los niños son circuncidados en la pubertad y las adolescentes cuando empiezan a ser fértiles y tienen la primera menstruación son sometidas a la ablación o amputación del clítoris.

Esta práctica está oficialmente prohibida por el gobierno sin embargo las tribus, que viven muy ajenas a las leyes del país, siguen practicándola por voluntad de las propias mujeres.

 

 

Canon 5D
Focal: 120 mm.
Diaf.: f 1:5
 
     

En Occidente tenemos una opinión rotundamente contraria, sin embargo en estas culturas está tan arraigado este hábito que son las propias jóvenes las que piden ser intervenidas. “Todas las mujeres de mi aldea se la han hecho, ¿por qué no me la puedo hacer yo?, ¿quieren que sea la extraña entre todas?...”

A lo largo de mis viajes he visto y vivido situaciones complejas, pero nunca me he sentido tan turbado como ante estos argumentos escuchados a las propias muchachas Hamer. Ellas quieren ser como sus madres, hermanas y amigas; quieren seguir unos modelos adoptados a lo largo de generaciones y odiarían ser diferentes, extrañas en un mundo tan pequeño y cerrado como el que les rodea.

 

 

Canon 5D
Focal: 115 mm.
Diaf.: f 1:8
 
     

No parece importarles la renuncia al placer sexual, el dolor, los métodos o las precarias condiciones sanitarias en las que tendrán que cicatrizar y recuperarse, pero tienen muy claro que no someterse a la ablación del clítoris las marginaría y convertiría en unas desgraciadas para el resto de sus vidas. Serían rechazadas por su entorno.
 
En una sociedad donde el máximo logro para una mujer es formar una familia, ¿quién se querría casar y crear una familia con ellas?, ¿quién las protegería?, ¿quién querría ser su amiga?. Con toda probabilidad acabaría desterrada, expulsada de la aldea, pidiendo limosna o vagabundeando hambrienta por la sabana a merced de los animales y de hombres que con toda seguridad la violarían.

 

 

Canon 5D
Focal: 160 mm.
Diaf.: f 1:5
 
     

En los países avanzados una mujer puede romper con todo e iniciar una nueva vida en otro sitio, sólo precisa ser un poco valiente. Aquí no, aquí ni puede ni quiere. ¿A dónde iría?, ¿dónde sería bien recibida?, ¿cómo podría sobrevivir sola en un hábitat tan hostil sin agua, sin un puñado de sorgo, sin una pequeña cabra?.

Sentado sobre un tronco seco tomaba un sorbo de agua de mi cantimplora mientras observaba a aquellas mujeres. Pensaba en las veces que desde Occidente hemos condenado la ablación del clítoris y en el hecho de no entender por qué ciertos hábitos culturales tarden tanto en desaparecer.

Bla, bla, bla… qué fácil es opinar con las zapatillas puestas y una cerveza fresca en la mano, cómodamente sentado en el sofá del salón mirando los documentales de “La 2”.

 

 

Nikon D700
Focal: 66 mm.
Diaf.: f 1:3,2
 
     

Pero allí seguían ellas, delante de mí, hablando y bromeando entre sí. Unas dando de mamar a sus bebés, otras haciendo harina de sorgo, otras acarreando agua u ocupándose de hacer la cena para cuando regresaran los hombres a la aldea.
 
No es sencillo extirpar ciertas costumbres perjudiciales en culturas tan viejas, herméticas y aisladas. En todo caso es una tarea lenta, muy lenta, que hay que abordar por colectivos, no por individuos.
 
El día en que ellas, y sobretodo su comunidad, entiendan que la ablación del clítoris es perversa tanto por sus métodos como por sus consecuencias, África será un poco más feliz.



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